Conocí sobre la disciplina consciente por cuatro maravillosas razones:
Sus nombres son Ilana, Hannah, Raquel y Noa. Son mis hijas de 9, 4, 3 y 1 año. Al ver que las pataletas y algunos momentos de crisis sacaban lo peor de mí, decidí pedir ayuda y buscar estrategias para generar cambios. Empecé yendo a charlas dictadas por Nicole Rzonzew en el Gan Lubavitch y desde ahí resolví tomar consciencia sobre mis emociones y la forma de educar, corregir y formar a mis hijas.

Cuando tenemos hambre, comemos. Cuando tenemos sed, tomamos agua. Pero, ¿qué hacemos cuando tenemos miedo, tristeza o frustración, entre otras emociones? Generalmente anulamos la emoción con un “no te asustes”, un “no llores” o un “tranquilo que no pasó nada”. Pocas veces, o casi nunca, validamos la emoción que detona un comportamiento. Nos enfocamos en evitar o en extinguir rápidamente la reacción que por lo general es incómoda y hasta vergonzosa para quienes la presencian. Me explico: Antes de la disciplina consciente una pataleta iba más o menos así; Mi Hannah de 4 años llora sin parar. Se tira al piso y pide, a los gritos, su cobija. Yo corro y le doy la cobija porque quiero que esta situación termine pronto; quiero evitar lo peor. Ella, con la cobija en su mano, llora aún más fuerte porque ahora tiene sed y quiere agua. Acostada en el piso, con la cobija en una mano y el termo en la otra, da patadas y pide algo de postre.                  En ese punto mi paciencia es inexistente. Así que lanzo un grito y le digo que no más. ¡No más cobija, no más agua y nada de postre! Me voy de su lado. Ella llora un par de minutos más, se para y retoma su juego como si no hubiera pasado nada. Yo, por otro lado, quedo agotada emocional y físicamente.

Aprendí de la disciplina consciente que para enseñar habilidades y destrezas para la vida, debo modelarlas y demostrarlas en la cotidianidad. Que para pedir calma, debo estar calmada primero yo. Que si mis hijas están gritando, debo pedir que bajen su tono de voz, hablando yo en un tono de voz “normal” . Tanto Hannah como yo tuvimos un estímulo que generó una reacción. En ella pudo haber sido cansancio lo que generó la pataleta, y en mí, la pataleta generó una reacción de rabia y desespero.

Como mamá de 4 niñas, la disciplina consciente me ha enseñado a que cuando hay un estímulo (mis hijas peleando entre ellas), debo hacer una pausa y ahí si responder de manera asertiva para generar cambios en comportamientos a largo plazo que se conviertan en destrezas socio-emocionales. Ahora, antes o durante una pataleta o una “explosión emocional”, soy consciente de que todo comportamiento es una forma de comunicación y que debo enfocarme en el estado mental y no en el comportamiento.

Como profesora también saco el mayor provecho de la disciplina consciente dentro del salón de clase. Para asegurar un óptimo desarrollo del cerebro, debemos comenzar por crear salones donde los estudiantes comiencen a quererse a ellos mismos y a los demás a profundidad, generando conexiones que favorezcan los flujos de información en el cerebro. Conectarme con mis estudiantes promueve en ellos habilidades para resolver conflictos y prosperar.

Por medio de rituales, como la forma de saludarnos cada mañana y reconocer cuando un compañero está ausente y desearle un buen viaje o que se mejore pronto, entre otros, se generan relaciones donde se promueve el respeto mutuo y se fomentan respuestas formativas a los diferentes estímulos y situaciones. La disciplina consciente lleva a los profesores por un proceso transformacional que promueve cambios permanentes en los comportamientos de los adultos primero, y después, en los niños. El cambio es de un modelo tradicional, inconsciente, a un modelo consciente, basado en las relaciones y en el sentido de comunidad.     

 

Según la Dr. Becky A. Bailey, 2015, en su libro Conscious Discipline, la disciplina consciente se basa en tres premisas:

  1. Controlar nuestros comportamientos y cambiar sí es posible.  Esto genera un impacto profundo en los demás.
  2. La conectividad gobierna nuestro comportamiento.
  3. El conflicto es una oportunidad para enseñar.

Como mamá y como profesora creo fielmente que el cambio inicial lo debo hacer yo; siendo modelo de mis expectativas y autorregulándome para ser ejemplo de los valores propuestos por esta disciplina:

 

Creencia Valor que enseña
Cambiarnos a nosotros mismos si es posible. Es nuestra decisión el cambiar o no.
Estamos a cargo de nosotros mismos. Podemos convertirnos en el tipo de persona que deseamos ser.
El empoderamiento mediante el autocontrol y no intentando controlar a los demás. El poder viene desde adentro de cada ser.
Cuando algo no sale como nosotros esperamos, buscamos soluciones. Somos responsables por nuestros sentimientos y de nuestras acciones. Nuestras decisiones tienen impacto en los demás.  
Debemos enseñarles a los niños cómo comportarse. Debemos enseñarle a los demás cómo tratarnos. No podemos esperar que de manera mágica sepan cómo hacerlo.
El conflicto es parte esencial de la vida. El conflicto y los errores nos presentan oportunidades para aprender habilidades o soltar limitaciones.
El amor es la fuente del aprendizaje y del crecimiento. Ver lo mejor en los demás para así responder de manera consciente y no reaccionar de manera inconsciente.


Utilizo la Disciplina Consciente  para transformar los problemas de disciplina cotidianos en momentos de enseñanza, generando así en mi misma, en mis hijas y en mis estudiantes, habilidades socioemocionales y de comunicación necesarias para  resolver conflictos y desarrollar comportamientos
saludables. Nunca es tarde para comenzar.

Los invito a que visiten esta página (https://consciousdiscipline.com/) y conozcan un poco más sobre el poder de la conexión con nuestras emociones, nuestros hijos y nuestros estudiantes.

 

Mimi Haya

Directora de curso de primer grado

Por una co-educación integral

www.cch.edu.co

#VenAlColegioColomboHebreo

https://goo.gl/forms/gRaLpazLY7HItinA

Tomado del libro Conscious Discipline. Building Resilient Classrooms, 2015, escrito por la Dr. Becky A. Bailey.