La mujer en el judaísmo: Fin a los estereotipos 

Para empezar,  podría decirse que en  la mayoría de los casos el rol de la mujer judía ha tenido una concepción errónea y ha sido objeto de todo tipo de mal interpretaciones y tergiversaciones.

En mi opinión, el judaísmo resalta la importancia de la mujer tanto en la vida familiar como en el ámbito comunitario y es tal el grado de trascendencia que ello conlleva, que el ser judío se transmite de forma exclusiva por vía materna, ya que se considera que la junta continuidad judía se da dentro del hogar.

En este sentido, el rol de la mujer en el judaísmo no es inferior al hombre; es diferente. Sus responsabilidades y obligaciones son distintas, pero no por ello menos importantes. El solo hecho de verse exenta y no excluida  -como otros lo tratan de ver- , del culto sinagoga ( por ejemplo, el minian  tres veces al día) tiene por objeto el no interferir con sus esenciales labores diarias.

De igual manera, una mirada histórica nos comprueba que desde tiempos bíblicos la mujer judía ha ocupado  cargos de liderazgo y respeto, los cuales se pueden constatar al repasar la narrativa bíblica. Así, vemos mujeres con mucho poder como Rebeca , independientes como Raquel, profetas y líderes como Miriam y Deborah, valientes como Judith y Ester,  y la imagen de nuestras matriarcas han jugando un papel preponderante como pilares de una nación, permitiendo el pueblo judío superar todos los obstáculos y pruebas.

De otra parte, el sistema legal judío de la halajá, el cual se remonta a la época bíblica, confirió a la mujer derechos que sólo hasta el siglo XX las legislaciones más avanzadas del mundo lograron  incorporar. Así, desde este periodo la mujer fue objeto y sujeto de derechos;  podía comprar, vender, poseer bienes, heredar y su contrato matrimonial le permitía obtener una protección jurídica sin precedentes, lo cual aunado a las leyes de pureza familiar, demostraron tener una sensibilidad y respeto sin par a esta figura femenina, al permitir no ser vista en forma exclusiva como un  objeto de placer y satisfacción. Lo anterior se corrobora a tal punto, que dentro de la misma institución matrimonial no son permitidas las relaciones sexuales sin el  consentimiento de la esposa. Es más: cuando se trata de un caso de violación no se supone que la víctima de la misma haya dado su consentimiento, en contraste con la mirada lisonjera que hasta hoy en día se aborda ante tan desafortunadas circunstancias, sino por el contrario, los casos de Dina y Tamar  nos demuestran hasta qué punto el honor de una mujer era protegido y salvaguardado en extremo.

De igual modo,  en épocas posteriores, (siglo XI)  Rabi Guershom prohibió tanto la bigamia como el divorcio sin el consentimiento de la mujer y , cuando el marido alegaba lo locura demencia, esto debía  estar certificada al menos por 100 rabinos de comunidades aledañas. Todo lo anterior tiende mostrar que la legislación judía, salvo con muy contadas excepciones, ha buscado proteger desde tiempos ancestrales  los derechos de la mujer.

Indudablemente, ser mujer implica un compromiso total con la vida y una responsabilidad tan grande para el judaísmo, que puede entenderse perfectamente cuando el hombre recita  sus oraciones diarias el hecho de “no haber sido creado mujer”. En esta dirección bien lo ordena el Talmud Yevamot 62-b cuando expresa: “ Ama tu esposa como a ti mismo  y hónrala más que a ti mismo“ y eso lo vemos cada shabat  cuando el marido entona el    Eshet Jail , el cual constituye un canto a la  mujer virtuosa y donde no solo reconoce sino agradece, ante todos los presentes, el haber encontrado una mujer que permita que una casa pueda denominarse un hogar, el cual es el verdadero santuario para la estructura familiar y por ende para la continuidad de nuestro pueblo.

Por eso estamos orgullosas cuando decimos de nuestra oración matinal cuando reza :“ Bendito seas tu señor rey del universo que nos hiciste a tu voluntad “…  para mi constituye un verdadero privilegio.

Jacqueline Szapiro- Donskoy

Morá de Hebreo del CCH 

 

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