Los papás llegan al departamento de  Admisiones con la intención de que sus hijos sean felices en el Colegio; a pocos les está preocupando el puesto que tengamos en la revista Dinero (sin embargo, es importante que aparezcamos en los primeros 50 lugares). Sin duda, su gran expectativa es que los niños vengan al colegio a ser felices.

En lo personal, me parece una expectativa ambiciosa y surreal. ¿Qué tal si aspiramos a un colegio que le enseñe a nuestros hijos a saber qué hacer cuando no están felices?. Las habilidades blandas se desarrollan en equipo, casa-colegio y se desarrollan exponiéndonos a todas las emociones que van apareciendo en el camino. Para saber qué hacer con la frustración, debemos frustrarnos, para saber qué hacer con la tristeza debemos atravesarla y para disfrutar la felicidad debemos saber qué es estar triste, frustrado, bravo, aburrido…  y así discernir.

No se trata entonces de crear situaciones dolorosas para que aprendan, se trata de exponerlos a la vida real. Permitirles explorar sus emociones sin etiquetarlas como buenas o malas.  Somos padres con el afán de evitarle a nuestros hijos el dolor, entonces los satisfacemos con prontitud; la tecnología se ha vuelto nuestra aliada, son niños que no se aburren y necesitan que sus necesidades sean atendidas al primer llamado.

Y entran al colegio, ese que les prometió ser “niños felices” y les toca esperar, compartir, entretenerse, moverse, tener contacto físico, entre otros. Se frustran, se ponen bravos, se ríen , disfrutan y atraviesan cada uno de esos sentires. Es como en la vida real, esa en la que incluso nosotros de adultos con las herramientas emocionales  que se supone, ya tenemos, no somos siempre felices, en ese orden, no tiene gracia ser feliz en todo momento.

Mi propósito con esto es hacerles una invitación a que busquemos espacios para nuestros hijos donde les démos herramientas para vivir la vida real, después de los momentos más vulnerables y dolorosos vienen regalos maravillosos y se los estamos quitando por evitar el llanto y la frustración en ellos. Saber qué hacer cuando no estoy feliz es un regalo más grande que la promesa idílica de estar siempre feliz.

Nada de lo anterior se logra en un solo espacio, debe ser una co-educación entre el colegio y la casa. Así que si quieren colegios que educan niños felices, mi invitación es que recuerden la co-responsabilidad que eso implica y que consideren aquellos colegios que les hablan de niños que saben qué hacer con la no felicidad.

 

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Juliana Molina Urdinola

Directora de admisiones

Por una co-educación integral

www.cch.edu.co

#VenAlColegioColomboHebreo

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